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Mostrando entradas de agosto, 2024
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  Algunas veces uno se queda callado [1] , muy callado. No sé si les haya pasado que en ocasiones nos ataca el silencio, no sabemos qué decir, o no estamos seguros de si queremos decir algo. Es un silencio pesado, acompañado de una observación pobre de la vida y de uno en ella. Es como un estado de desconexión en el que “estamos” pero no nos sentimos en ese estar; no resonamos emocionalmente [2] con lo que nos ocurre. Las situaciones ocurren, pero nosotros estamos inmunes emocionalmente a dar cualquier respuesta. Son silencios transitorios, es cierto, pero alcanzamos a sentirnos extraños, molestos; no nos reconocemos y se nos vuelve imperioso hallarnos. ¿A dónde nos fuimos? Es justamente en esa búsqueda de lo normal en nosotros que comenzamos a batallar con el silencio que nos domina y envuelve. Y es ahí donde creo que comienzan a cruzarse los cables —entiéndase como el inicio de la confusión—, porque la anormalidad tuvo que haberla suscitado algún evento, y en vez de busc...
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  Algo muy parecido a lo que ocurre con ciertas relaciones. Elimine ese ruido, no se acostumbre a él. Si tiene que desmontar la máquina, hágalo. Sabe que ese ruido le está diciendo que algo no funciona bien en ella, no aplace la solución, no espere hasta que explote. Hay máquinas cuyo valor es invaluable para nosotros, y por más que haya otras no es la máquina que amamos; pero a veces sufren averías y entonces gritan, se mueven, se desacomodan [1] . Cuando una máquina comienza a hacer ruido lo mejor es enfrentarlo, oírlo, buscar de dónde viene, y si toca desarmarla, pues se desarma. Tal vez podamos volver a armarla, comprarle nuevos repuestos; ocurrirá también que no seamos capaces, que nadie sea capaz de volverla a armar y que no exista un repuesto que la deje funcionando. Pero tenemos que tomar una decisión, no podemos acostumbrarnos al ruido. Si no tiene arreglo habrá que decirle chao, y ahí sí abandonarla; pero si se puede arreglar hagámoslo, porque no todo es desechable, a...
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  —Y usted, ¿en qué cree? —¿Y es que tengo que creer en algo? Algo, palabra que usamos para definir lo que no podemos definir o para albergar lo que no nos atrevemos a decir. Y está bien, no hay problema, a veces las palabras se quedan cortas ante eventos que solo pueden ser experimentados, y no todas las experiencias son fáciles de convertir en ideas para traducir al lenguaje. Y es que en lo que corresponde a la dimensión espiritual ocurre que al traducirse en palabras parece que se diluyera, que perdiera ese valor de lo sagrado; porque solo ocurre en el “mí” con una fuerza única imposible de compartir, de transmitir. Y eso tan poco está mal. La dimensión espiritual, donde habita lo sagrado, no está al alcance de la globalización. Es posible que compartamos algunos caminos con otros para hacerla posible en nuestro interior, pero es justo en ese interior donde deja de ser de dominio público. Ahora bien, ¿tenemos que creer en algo? No. La verdad es que para sostener la vida ...