Algunas veces uno se queda callado [1] , muy callado. No sé si les haya pasado que en ocasiones nos ataca el silencio, no sabemos qué decir, o no estamos seguros de si queremos decir algo. Es un silencio pesado, acompañado de una observación pobre de la vida y de uno en ella. Es como un estado de desconexión en el que “estamos” pero no nos sentimos en ese estar; no resonamos emocionalmente [2] con lo que nos ocurre. Las situaciones ocurren, pero nosotros estamos inmunes emocionalmente a dar cualquier respuesta. Son silencios transitorios, es cierto, pero alcanzamos a sentirnos extraños, molestos; no nos reconocemos y se nos vuelve imperioso hallarnos. ¿A dónde nos fuimos? Es justamente en esa búsqueda de lo normal en nosotros que comenzamos a batallar con el silencio que nos domina y envuelve. Y es ahí donde creo que comienzan a cruzarse los cables —entiéndase como el inicio de la confusión—, porque la anormalidad tuvo que haberla suscitado algún evento, y en vez de busc...