Algunas veces uno se queda callado[1], muy callado.

No sé si les haya pasado que en ocasiones nos ataca el silencio, no sabemos qué decir, o no estamos seguros de si queremos decir algo. Es un silencio pesado, acompañado de una observación pobre de la vida y de uno en ella. Es como un estado de desconexión en el que “estamos” pero no nos sentimos en ese estar; no resonamos emocionalmente[2] con lo que nos ocurre. Las situaciones ocurren, pero nosotros estamos inmunes emocionalmente a dar cualquier respuesta.

Son silencios transitorios, es cierto, pero alcanzamos a sentirnos extraños, molestos; no nos reconocemos y se nos vuelve imperioso hallarnos.

¿A dónde nos fuimos?

Es justamente en esa búsqueda de lo normal en nosotros que comenzamos a batallar con el silencio que nos domina y envuelve. Y es ahí donde creo que comienzan a cruzarse los cables —entiéndase como el inicio de la confusión—, porque la anormalidad tuvo que haberla suscitado algún evento, y en vez de buscar el evento, analizarlo, por lo menos hacerlo consciente, corremos tras la normalidad para salir de ese silencio paralizante. Y es posible que salgamos por la fuerza, pero he comprobado que, si no miramos lo que nos hace callar, eso que nos pasma —ya saben de quien es esa palabra—, volveremos rápidamente a él.

Se me ocurre que es algo aburrido[3] cuando nos acostumbramos a nosotros, cuando no permitimos que ciertas alteraciones en nuestros estados de ánimo se susciten y afecten en alguna medida la forma de expresarnos en la vida. Tal vez sea más divertido explorarnos incluso en estos momentos de silencio envolvente, vivirlos total y absolutamente, dejarlos ser para que por sí mismos nos revelen su naturaleza, y quizás así comencemos a sentirnos cómodos con lo que descubramos. A esto le llaman salir fortalecidos, aunque habrá a quienes no les interese entrar en ellos y prefieran distraerlos con los ruidos, los innumerables ruidos que llegan del exterior; con calmarlos será suficiente, y eso, creo, está bien: nada que discutir.



[1] No solo de palabra, sino en un sentido más amplio.

[2] A riesgo de sonar destemplada, me atrevo a decir que las emociones son las voces del alma, dan cuenta de la fuerza vital que nos impulsa y sostiene.

[3] Aclaro que no hay nada de malo en ser aburrido.

Comentarios

  1. Callo, cayó, callar....a veces las palabras al ser pronunciadas nos pueden llevar a caer en el cayo y sentirnos rodeados de agua y sumirnos en un silencio necesario y a veces ineludible, y muchos silencios acumulados nos hacen callar y callar hasta que se forma un cayo en el alma que hiere y duele.

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