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  Esa manía de no tolerar en solitario el desencanto Por estos días he escuchado hablar de la gente que todo lo ve con “lentes rosa”. Con un tono de voz elocuente, pero lleno de desprecio, exponen lo absurdo de esa mirada, lo corta y reducida que es; de alguna forma la infantilizan. Suponen que quien usa esos lentes desconoce la reglas bajo las cuales se mueve el mundo: la lucha, el caos, el esfuerzo infructuoso, la frustración. Apelan a la mirada objetiva y realista, cosa que de entrada ya es sospechosa porque ¿qué es lo objetivo?, ¿lo que yo veo?; ¿qué es realista?, ¿mi realidad? Esas discusiones me remontan a ciertos episodios en los que algunos, con una larga experiencia en esto de “luchar en la vida”, parecen llamados a aterrizar –así lo llaman– a quienes bajo circunstancias específicamente desfavorables se atreven a soñar, a verse diferentes en escenarios que le son hostiles. Cercenan [1] impunemente la libertad del otro que también implica ver y estar en el mundo a su antoj...
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¿Por qué con los otros sí y con uno mismo no?  Trate al otro como quiere ser tratado, como se trataría a usted mismo. Sentencia, invitación, en ocasiones regla. Pero ¿y se cumple?   La pregunta no es si lo hacemos con el otro, es si en realidad lo hacemos con nosotros mismos. ¿Nos tratamos como nos gustaría que nos trataran? ¿Somos lo suficientemente amables con nosotros como para apreciar seria y honestamente la persona que somos? Creo que para abordar este tema con seriedad es imperioso vernos, pero sobre todo sentirnos. La medida de la amabilidad con nosotros mismos se halla en la comodidad que sintamos siendo, simplemente siendo; en si nos sentimos tranquilos con las decisiones que tomamos, en las cosas que hacemos o en la forma como estamos con los otros.   Pueden decir que eso es un cliché [1] , que se ha dicho mucho, que eso todo el mundo lo sabe, pero ¿y lo sabemos? Y si lo sabemos ¿lo practicamos? Habrá quienes lo tengan muy, muy claro; pero también quienes no, y...
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Sobre eso de ser confiables cuando hablamos La expresión confiable por lo general se dirige a una cosa o a una persona. Uno puede ser confiable en muchos aspectos, pero me voy a referir específicamente a la comunicación; esa difícil forma de conectar con los otros y, aunque no pensemos mucho en eso, con nosotros mismos [1] . Comunicar ha sido un asunto tan complicado –o lo hemos complicado– que se han creado programas especializados para desarrollar las mejores técnicas y evitar así los baches que pueden ocurrir en ese largo y nebuloso trayecto entre el emisor y el receptor. Hablar como una forma de comunicación parece una cosa tremendamente difícil sobre todo cuando si, para hacerlo, tenemos que medir no solo el alcance de nuestras palabras, sino cuanto de nosotros ponemos en lo que estamos diciendo; es decir, si alguna emoción se nos filtra a través de nuestros gestos. He dicho en otras publicaciones que me han acusado muchas veces de no tener filtro al momento de decir lo que pienso...
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¿Por qué no deja de hacer? El retiro es sano. Hacer, un verbo dinámico, fuerte, y en la conciencia social, por lo menos en la nuestra, arbitrario.   ¡Haga algo!, cualquier cosa, pero haga.   Ese “algo”, ese “cualquier cosa”, en la realidad aunque sea y ocurra, no termina por ser verdad. Bueno, a algunos se les permite cualquier cosa, y hasta se aplaude el que hagan o sigan haciendo a pesar de…, como en el caso de los jubilados [1] con o sin pensión –porque los hay–.   En el hacer estamos, en lo que hacemos nos vemos y nos ven. Parece que sin hacer no existiéramos. Se nos entrena para hacer, se nos hace seguimiento y control de calidad permanente sobre lo que hacemos y como ese hacer nos representa. Vivimos en función del verbo y aunque ya por eso de las “edades” la calidad y cantidad del hacer disminuya o no sea tan exigente, continuamos sintiendo adentro, muy adentro, la presión de continuar. El tema es contradictorio y, por lo mismo, difícil de abordar.   Ya es ma...
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  Sobre cierres y aperturas Abrimos la puerta y al cruzar se cierra tras nosotros. Abandonamos un espacio para ingresar en otro. Es un acto sencillo, ¿verdad? No parece, en la mayoría de los casos, que tuviera mucha relevancia, y no la tiene justo porque no nos damos cuenta, por ese tema de “hacerlo siempre de la misma manera”. El tema se ha vuelto un lugar común, que en literatura se define más o menos como repetir lo que todo el mundo dice, y en esto no hay ningún esfuerzo creativo, ejemplo: “si una puerta se cierra otras se abrirán”, un dicho de filosofía popular. El asunto es que por ser popular —común— nos quedamos con la idea y la ilusión —de que se abrirán— y pare de contar. Lo que tendría de profundo y trascendente se pierde porque no lo vemos, no nos ocupamos de verlo. Pero, bueno, el tema aquí es que quien entra en ese espacio no es el mismo que abandona el otro, el que dejó tras la puerta cerrada. Creemos que somos los mismos en todo momento, en todos los lugares y e...
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  El tiempo todo lo redime He escuchado que el tiempo lo cura todo, también lo he oído con redime. Curar y redimir son diferentes, aunque para el efecto creo que terminan siendo lo mismo o por lo menos se implican. Un acto de redención termina por sanar una herida, un dolor. No quiere decir que todas nuestras dolencias procedan de una falta de redención; lo que sí parece cierto es que la ausencia de redención puede producir un dolor crónico de tipo físico o emocional. Algo así como una herida que no se deja sanar [1] porque la hurgamos constantemente. No estoy segura de que todas las heridas puedan ser curadas con el tiempo, es más, estoy menos segura de que el tiempo por sí solo tenga esa capacidad. En muchos momentos nos vemos reviviendo en silencio o en voz alta viejas heridas que por el poder de la recordación las sentimos nuevas, con un dolor renovado; aquí el tiempo no tiene nada que ver. Pero ¿qué es lo que nos pasa?, ¿por qué hacemos eso?   Tal vez la pregunta que...
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  Qué tanto sabes de mí Cuando escucho la afirmación: ella o él es así, para referirse a una forma particular de ser o de proceder, comienzo a sentir un poco de irritación en la piel, que algo me estorba en el cuello, o que los zapatos me aprietan demasiado los pies. Me resulta muy incómodo y francamente chocante cuando alguien me describe. Hay quienes dirán que lo que me molesta es la verdad que el otro expone sobre mí y que no la reconozco porque la tengo muy cerca; es decir, porque soy yo, y que por esa misma razón necesito que el otro la ponga en mi cara. ¿Qué es eso? Históricamente parecemos autorizados a hablar del otro, creemos que entre más sepamos de él —aunque realmente sabemos muy poco— podemos aprehenderlo y ejercer cierto dominio, porque nos es transparente: Yo sé cómo es usted, a mí no me puede engañar . Pero lo cierto es que lo que sabemos de nosotros es tan vago, tan supeditado a nuestra historia, a nuestras reacciones, que no podríamos establecer claramente c...