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  Por algo será… Ahora aprender es más fácil, el conocimiento está a la mano, solo hace falta la intención. Y de eso que aprendemos hablamos, unas veces con más acierto que otras. De alguna forma nos sentimos en libertad de expresar nuestros cortos o profundos saberes, bien sea porque son producto de la investigación y el análisis o porque simplemente corresponden a una idea personal que se nos sale así porque sí; cosa que no está mal, porque que tal que todo lo que dijéramos tuviera que pasar por el tamiz de la investigación, si así fuera nos quedaríamos callados. Entre esas cosas que decimos, me encontré en estos días con un término que no había escuchado, y que me llamó la atención más que por su significado, por su recurrencia en las redes. El término es este: “positividad tóxica [1] ”. Resulta que quien lo exponía se refería a otra expresión más usada, y que históricamente ha servido –eso creía yo– para descargar el peso de algún acontecimiento negativo para el que no tenemos ...
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  Ponga la reversa si es necesario De las habilidades más difíciles de dominar al momento de aprender a conducir es andar en reversa. Exige una atención especial, manejar los espejos, las dimensiones, los espacios con los que contamos para que la maniobra sea exitosa y no terminemos rayando nuestro carro o dañando el de otros. La reversa es importante para sacarnos de un lugar del que no podríamos salir si lo hiciéramos hacia adelante, para sacarlo del parqueadero y así poder iniciar un viaje. Habrá más acciones que nos permita hacer que no menciono, pero lo cierto es que si no sabemos reversar, el aprendizaje queda incompleto; siempre tendremos la necesidad de que otro lo haga por nosotros o definitivamente renunciamos a conducir aunque tengamos el deseo de hacerlo. Obviamente esta entrada no se trata de dar lecciones de conducción, no soy ni mucho menos experta en el tema y a conducir renuncié hace mucho tiempo. Se trata de reflexionar sobre lo importante que es dar reversa a alg...
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  No me dejo confundir –A ver, la “cosa” es muy sencilla, uno solo tiene que respirar. ¿Entiendes? Sin respirar dejas de ser.  Uno puede recuperar, aplazar o cambiar todos los “tengo que” que hemos aprendido, que le hemos sumado a nuestros días, pero cuando lo único que tienes que hacer desaparece no lo puedes recuperar.   Esa es una verdad de Perogrullo [1]  y tal vez por su obviedad –cosa peligrosa que nos distrae de su trascendencia– la pasamos por alto, la silenciamos. Es cierto que eso de respirar es mecánico, es cierto que no tenemos que decirnos respire, y que desafortunadamente solo nos damos cuenta de que lo hacemos cuando tenemos alguna dificultad para que ocurra naturalmente: un resfriado, una sinusitis, el asma…, y ahí es cuando, como acostumbramos a hacerlo, nos desesperamos y corremos por la solución que nos devuelva el equilibrio. Pero no estoy hablando de la respiración, sino de lo que ella representa. ¿Qué significa que respiremos? Por estos días –p...
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  Escándalo Vamos detrás del ruido. A algunos los asombra y silencia, a otros los seduce hasta el punto de entrar en él para aportar una nota más. Algunos ruidos están llenos de verdades que han sido calladas, otros de francas y abiertas mentiras que parecen ser verdad; es más, que se convierten en verdad de tanto repetirlas. En ambos casos siempre hay personas involucradas, todas ellas con sus historias de aciertos y de errores, y que son quienes encarnan el acto que ha dado origen al ruido.   Aquí hablo del ruido que permite escuchar y ver lo que está oculto por la “normalidad”, por ese “siempre ha sido así” que parece autorizarlo, y que solo al ponerlo en evidencia es posible comprender la dimensión de lo que se ha develado y saber qué hacer con eso, cómo ajustarlo, cómo transformarlo. El escándalo, que aquí llamo ruido, no porque esté vacío de contenido sino porque es abarcante y se expande como el humo, si solo nos sorprende y entretiene agota su función rápidamente; pero...
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  ¿Qué hace usted ahí? Soy de las que cree que no tengo por qué estar contando todo lo que me ha ocurrido, ocurre u ocurrirá según mis deseos, proyectos o sueños; pero también soy de las que si quiero contarlo lo hago. La decisión de hacerlo o no, depende de mi entero deseo, de nada más. Y esto lo digo porque he escuchado en varias oportunidades –más de las que quisiera– que hay quienes no cuentan sus proyectos por temor a que sean intervenidos de manera dañina por las malas intenciones que alberga la envidia.   Y es justo en este punto donde me surgen dos peguntas:   La primera: ¿es más fuerte la envidia que el deseo y el empeño honesto de quien comunica su proyecto?   Y la segunda: ¿somos tan vulnerables como para que el simple sentimiento de envidia que experimenta el otro pueda entorpecer mis propósitos? Esas afirmaciones me desalientan mucho, porque quienes las expresan no están hablando de las acciones que puede emprender la envidia para obstaculizar el progre...
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  Esa manía de no tolerar en solitario el desencanto Por estos días he escuchado hablar de la gente que todo lo ve con “lentes rosa”. Con un tono de voz elocuente, pero lleno de desprecio, exponen lo absurdo de esa mirada, lo corta y reducida que es; de alguna forma la infantilizan. Suponen que quien usa esos lentes desconoce la reglas bajo las cuales se mueve el mundo: la lucha, el caos, el esfuerzo infructuoso, la frustración. Apelan a la mirada objetiva y realista, cosa que de entrada ya es sospechosa porque ¿qué es lo objetivo?, ¿lo que yo veo?; ¿qué es realista?, ¿mi realidad? Esas discusiones me remontan a ciertos episodios en los que algunos, con una larga experiencia en esto de “luchar en la vida”, parecen llamados a aterrizar –así lo llaman– a quienes bajo circunstancias específicamente desfavorables se atreven a soñar, a verse diferentes en escenarios que le son hostiles. Cercenan [1] impunemente la libertad del otro que también implica ver y estar en el mundo a su antoj...
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¿Por qué con los otros sí y con uno mismo no?  Trate al otro como quiere ser tratado, como se trataría a usted mismo. Sentencia, invitación, en ocasiones regla. Pero ¿y se cumple?   La pregunta no es si lo hacemos con el otro, es si en realidad lo hacemos con nosotros mismos. ¿Nos tratamos como nos gustaría que nos trataran? ¿Somos lo suficientemente amables con nosotros como para apreciar seria y honestamente la persona que somos? Creo que para abordar este tema con seriedad es imperioso vernos, pero sobre todo sentirnos. La medida de la amabilidad con nosotros mismos se halla en la comodidad que sintamos siendo, simplemente siendo; en si nos sentimos tranquilos con las decisiones que tomamos, en las cosas que hacemos o en la forma como estamos con los otros.   Pueden decir que eso es un cliché [1] , que se ha dicho mucho, que eso todo el mundo lo sabe, pero ¿y lo sabemos? Y si lo sabemos ¿lo practicamos? Habrá quienes lo tengan muy, muy claro; pero también quienes no, y...