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  Sobre cierres y aperturas Abrimos la puerta y al cruzar se cierra tras nosotros. Abandonamos un espacio para ingresar en otro. Es un acto sencillo, ¿verdad? No parece, en la mayoría de los casos, que tuviera mucha relevancia, y no la tiene justo porque no nos damos cuenta, por ese tema de “hacerlo siempre de la misma manera”. El tema se ha vuelto un lugar común, que en literatura se define más o menos como repetir lo que todo el mundo dice, y en esto no hay ningún esfuerzo creativo, ejemplo: “si una puerta se cierra otras se abrirán”, un dicho de filosofía popular. El asunto es que por ser popular —común— nos quedamos con la idea y la ilusión —de que se abrirán— y pare de contar. Lo que tendría de profundo y trascendente se pierde porque no lo vemos, no nos ocupamos de verlo. Pero, bueno, el tema aquí es que quien entra en ese espacio no es el mismo que abandona el otro, el que dejó tras la puerta cerrada. Creemos que somos los mismos en todo momento, en todos los lugares y e...
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  El tiempo todo lo redime He escuchado que el tiempo lo cura todo, también lo he oído con redime. Curar y redimir son diferentes, aunque para el efecto creo que terminan siendo lo mismo o por lo menos se implican. Un acto de redención termina por sanar una herida, un dolor. No quiere decir que todas nuestras dolencias procedan de una falta de redención; lo que sí parece cierto es que la ausencia de redención puede producir un dolor crónico de tipo físico o emocional. Algo así como una herida que no se deja sanar [1] porque la hurgamos constantemente. No estoy segura de que todas las heridas puedan ser curadas con el tiempo, es más, estoy menos segura de que el tiempo por sí solo tenga esa capacidad. En muchos momentos nos vemos reviviendo en silencio o en voz alta viejas heridas que por el poder de la recordación las sentimos nuevas, con un dolor renovado; aquí el tiempo no tiene nada que ver. Pero ¿qué es lo que nos pasa?, ¿por qué hacemos eso?   Tal vez la pregunta que...
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  Qué tanto sabes de mí Cuando escucho la afirmación: ella o él es así, para referirse a una forma particular de ser o de proceder, comienzo a sentir un poco de irritación en la piel, que algo me estorba en el cuello, o que los zapatos me aprietan demasiado los pies. Me resulta muy incómodo y francamente chocante cuando alguien me describe. Hay quienes dirán que lo que me molesta es la verdad que el otro expone sobre mí y que no la reconozco porque la tengo muy cerca; es decir, porque soy yo, y que por esa misma razón necesito que el otro la ponga en mi cara. ¿Qué es eso? Históricamente parecemos autorizados a hablar del otro, creemos que entre más sepamos de él —aunque realmente sabemos muy poco— podemos aprehenderlo y ejercer cierto dominio, porque nos es transparente: Yo sé cómo es usted, a mí no me puede engañar . Pero lo cierto es que lo que sabemos de nosotros es tan vago, tan supeditado a nuestra historia, a nuestras reacciones, que no podríamos establecer claramente c...
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Vivimos sin certificado de calidad Es verdad, caemos una y otra vez en los mismos o diferentes errores; nos levantamos, nos sacudimos, hacemos rituales de conversión y comenzamos de nuevo con la esperanza —porque nunca alcanza a ser una certeza— de no volver a equivocarnos. Pero en el fondo o en la superficie sabemos que en cualquier momento nos vamos a tener que volver a enfrentar con nuestras propias recriminaciones, con esa voz inquisidora y apasionada que se empecina en hacernos sentir menos que una pulga, porque no fuimos capaces de sostener nuestro compromiso de ser rectos o por lo menos fieles al propósito de ser mejores. La escala de errores o equivocaciones o faltas… varía, así, lo que para unos es insignificante, para otros resulta ser un duro peso que cargar por algún tiempo hasta que nos decimos: Está bien, no pasa nada, aprende y no lo vuelvas a hacer; y así el círculo comienza de nuevo. Me parece paradójico que en medio de todo lo que vivimos y tenemos que enfrentar...
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Con hambre, pero sin apetito [1] Por estos días sirviendo el almuerzo para un grupo de invitados, una de ellas me advirtió que le sirviera poco. Le conté toda la oferta gastronómica que tenía, exagerando lo delicioso que estaba, sin conseguir que se animara seriamente. Dijo que estaba segura de que todo sabía muy bueno, agradecía mi esfuerzo; pero no quería. En ese momento ella se sentía mal conmigo, por no corresponder a mis atenciones, y después yo me sentí mal por ella, por mi insistencia. Aclaró que no se trataba de esa comida en particular, asegurando al final, como en una confesión forzosa, de la que tal vez se avergonzaba: —Es que yo como por hambre, pero no por apetito. Lo que pudo haber sido un evento alegre y cómodo para todos, terminó siendo desagradable para ella, así lo sentí. Debí haberle servido lo que dijo y no entrar en más detalles. Pero por historia familiar aprendí que ofrecer comida es un gesto de generosidad y de buena atención hacia los otros, y que no quie...
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¿Qué es lo que pasa cuando no se nos ocurre nada? Creo que a todos nos ocurre que en ocasiones por más cosas que nos pasen, no nos pasa nada [1] ; es decir, no hay impresión alguna en eso que nos ocurre. Y no es que los acontecimientos estén vacíos de emoción, es que nosotros carecemos de ella: y sin emoción no hay “toque”, esa es la dura verdad. Así, las cosas que nos pasan siguen de largo como en una suma de aconteceres, y el día se sucede y la noche llega y también se sucede en un letargo a veces más largo, más silencioso y oscuro de lo que quisiéramos. En ese estar sin estar también somos nosotros, aunque parecemos excluidos de la ecuación, o si estamos en ella completamos la operación, pero sin percatarnos de nuestra presencia. Podemos trabajar, por supuesto que trabajamos; podemos hablar, por supuesto que hablamos; incluso nos movemos, pero como poseídos por cierta inercia, sin sentir el peso de nuestro cuerpo en contacto con el suelo que pisamos. No se me ocurre un estado ...
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  Celebrar sin temor [1] Hay un dicho viejo y mal intencionado que, por fortuna, ya no circula mucho entre nosotros. Para quienes lo escuchamos era una declaración terrible, capaz de ensombrecer cualquier instante de felicidad que pudiera experimentarse. Tal vez la idea era invitar a la mesura, sin embargo, en algunos —como en mí— terminaba por acentuar esa nota pesimista que marcaba el total y absoluto fracaso del disfrute: “Ría ahora para que llore después”. ¿A quién se le ocurrió que esto era bueno para fortalecer el espíritu?, ¿qué ingrediente moral tenía semejante afirmación? Parece más bien la sentencia de un envidioso, de un ser amargado dispuesto a negar en otros la felicidad que no alcanza a tener en él. Recordarle al otro que la vida está compuesta de episodios en los que se puede experimentar la alegría tanto como la tristeza es en todo sentido absurdo, porque ¿quién no lo sabe? La afirmación “esa” solo habla de alguien que quiere apresar los momentos felices, di...