Esa manía de no tolerar en solitario el desencanto
Por estos días he escuchado hablar de la gente que todo lo ve con “lentes rosa”. Con un tono de voz elocuente, pero lleno de desprecio, exponen lo absurdo de esa mirada, lo corta y reducida que es; de alguna forma la infantilizan. Suponen que quien usa esos lentes desconoce la reglas bajo las cuales se mueve el mundo: la lucha, el caos, el esfuerzo infructuoso, la frustración. Apelan a la mirada objetiva y realista, cosa que de entrada ya es sospechosa porque ¿qué es lo objetivo?, ¿lo que yo veo?; ¿qué es realista?, ¿mi realidad?
Esas discusiones me remontan a ciertos episodios en los que algunos, con una larga experiencia en esto de “luchar en la vida”, parecen llamados a aterrizar –así lo llaman– a quienes bajo circunstancias específicamente desfavorables se atreven a soñar, a verse diferentes en escenarios que le son hostiles. Cercenan[1] impunemente la libertad del otro que también implica ver y estar en el mundo a su antojo, amparados en la consigna de evitarles sufrimientos:
¿De qué sufrimientos están hablando?
¿Quién es el que está sufriendo?
Confieso que me cuesta tomar alguna posición frente a unos y a otros. Bueno, tampoco tengo que hacerlo. Solo lo escucho, y si lo paso por mi experiencia reconozco que he tenido muchos momentos en los que me ha sido más provechoso ponerme los lentes rosa para enfrentarlos, aunque por generación y entorno aprendí a llevarlos bien oscuros, a reconocer mis “límites” –entendido como limitaciones–, con las alas bien cortas y los pies de plomo. Por fortuna uno crece y, si se da cuenta, tiene la oportunidad de desmantelar todos esos malos aprendizajes.
Se me ocurre que en el fondo hay cierta dificultad para tolerar en solitario, para resolver en nosotros mismos, el evidente desencanto con el que en ocasiones encaramos esto de vivir. También se me ocurre que vivir desde el desencanto es posible, entender el mundo como un campo de batalla y a nosotros como batalladores es posible; pero esto no niega, ni tiene porqué ser motivo de burla y descrédito, que otros le pongan todos los matices que quieran a sus lentes.
Emperatriz
[1] Porque pueden hacerlo, sobre todo si representan algún nivel de autoridad para el otro.

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