No, lo cierto es que no tenemos que saberlo todo

¿Para qué exponemos un conocimiento que no tenemos?, ¿para qué andamos hablando de lo que no sabemos con el consiguiente riesgo de vernos imprudentes por nuestras intervenciones irreflexivas? Bueno, la verdad es que cuando estamos convencidos de que “todo lo sabemos” y de que nuestro material está lo suficientemente dateado, no tendríamos por qué hacernos estas preguntas. Si no tenemos dudas de lo que estamos diciendo no nos sentimos en riesgo de parecer imprudentes. Y creo que esto es peor que hablar sobre lo que no sabemos o sobre lo que tenemos un mínimo conocimiento, y por esta misma circunstancia lo adornamos con ideas que lo completen, enrareciendo o dañando la información que realmente le corresponde.

Y no es que importe demasiado “parecer”, igual hay mucha gente que sabe lo suficiente sobre varios temas, pero parece que supiera poco o nada porque no habla o tiene alguna dificultad para enlazar su discurso. El caso que me ocupa es el de la responsabilidad de transmitir un saber a medias o amañado, enceguecido por nuestro limitado interés por aprender del otro, creyendo que poseemos todos los saberes y esto nos autoriza a juzgar en determinadas circunstancias el saber de los demás.

Decir lo que tenemos para decir no es problema, el problema radica, creo, en afirmar ciega y categóricamente que eso que decimos es la verdad de todo cuanto se haya dicho, negando la experiencia de los otros, sus propias subjetividades; pero sobre todo su conocimiento y dominio del tema.

En este sentido, se me ocurre que admitir que no sabemos algo es de los actos más liberadores que hay, además de divertido, porque nos permite seguir aprendiendo[1]. Esto nos lleva a admitir el saber de los otros y, con esto, a sostener conversaciones más aportantes y dinámicas.

Tal vez solo se trate de desaprender el mal designio —que no sé de dónde lo sacamos— de que todo lo tenemos que saber, como si el conocimiento fuera algo estático y con aprenderlo una vez fuera suficiente.


[1] No saber, pero querer saber, nos convierte en unos oyentes y exponentes más críticos. Así, el conocimiento que entra y sale de nosotros está pasado por el tamiz de la reflexión y no de la imposición que termina por ser ciega y sorda.

Comentarios

  1. No sé, no entendí, son pequeñas frases que abren un universo al conocimiento.

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