—Y usted, ¿en qué cree?

—¿Y es que tengo que creer en algo?

Algo, palabra que usamos para definir lo que no podemos definir o para albergar lo que no nos atrevemos a decir. Y está bien, no hay problema, a veces las palabras se quedan cortas ante eventos que solo pueden ser experimentados, y no todas las experiencias son fáciles de convertir en ideas para traducir al lenguaje.

Y es que en lo que corresponde a la dimensión espiritual ocurre que al traducirse en palabras parece que se diluyera, que perdiera ese valor de lo sagrado; porque solo ocurre en el “mí” con una fuerza única imposible de compartir, de transmitir. Y eso tan poco está mal. La dimensión espiritual, donde habita lo sagrado, no está al alcance de la globalización. Es posible que compartamos algunos caminos con otros para hacerla posible en nuestro interior, pero es justo en ese interior donde deja de ser de dominio público.

Ahora bien, ¿tenemos que creer en algo? No. La verdad es que para sostener la vida son muy pocas las cosas que tenemos que hacer. Pero resulta que, una vez resueltas esas cosas, ¿qué hacemos con la pregunta por la vida, por ese enorme misterio que es la vida que somos y manifestamos? Y es aquí donde aparece el “algo”, que no es palabra sino experiencia. Y es por esa experiencia por la que se pregunta, y en la que en algunas ocasiones nos sentimos francamente vacíos, aterrorizados también, por esa ausencia de lenguaje personal que nos conecte con ella y que nos conduzca a alguna respuesta.

Se me ocurre que, aunque no tenemos que creer en algo para vivir, hay momentos en los que nos apremian las preguntas por el misterio de la vida —tal vez por eso somos conscientes[1]—y si no tenemos una línea que nos oriente, podemos comenzar por crear para nosotros ese espacio sagrado que puede ser un momento de silencio, al calor de una luz, de un aroma; o dedicarnos a la simple pero profunda observación de lo que también es vida y que no somos nosotros. También se me ocurre que, cuando aguzamos los sentidos, encontramos que en todo hay algo de sagrado y que, me atrevo a decir —puedo ser muy atrevida—, es en esa observación en la que conseguimos convertirnos en experiencia y así conectar con nuestra muy personal dimensión espiritual[2].



[1] No confundir con concientes.

En alguna parte leí que no ha sido posible determinar en qué parte del cerebro se encuentra esta facultad, la de ser conscientes, por lo que se considera un epifenómeno (ahí les dejo la palabrita para que la investiguen).

[2] Habrá otras formas, tal vez solo se trate de buscarlas; eso sí, mientras exista el deseo genuino de hacerlo.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog