Somos cuerpos multicelulares. Las células se han especializado para que
los órganos funcionen según ciertas características y respondan a ellas con sus
particularidades. Cada una sabe lo que tiene que hacer, y en ese hacer se
reconocen como únicas, aunque compartan ciertos rasgos con las demás.
Así es este asunto, si nos imaginamos como células que conformamos un gran
cuerpo, tan parecidos, con tantos rasgos comunes entre nosotros, pero a la vez
tan diferentes. El tema es que las células, creo, tienen su propia programación
y en su formación están listas para desarrollar y servir con las otras a la
función del órgano que les corresponde; en cambio nosotros debemos hallar ese
punto diferencial, que no es lo mismo que excepcional, que nos haga únicos.
Se promulga con mucho ruido que somos seres ¡especiales!, ¡únicos!, ¡singulares!;
y se nos invita hasta llegar al desespero a descubrirlo. Pero y qué pasa si no,
qué pasa si en vez de eso terminamos por sentirnos tan comunes como el más
común de los humanos. Yo creo que no pasa nada, que no hay nada malo en ser
común, pero con ese ruido de lo diferente —mal entendido como excepcional—, lo
que terminamos es por sentirnos incómodos, creyendo que algo anda mal en
nosotros.
Se me ocurre que, en esa búsqueda de lo diferente, no logramos verlo en
realidad por más evidente que sea. Esperamos que los otros lo reconozcan, que
sea un asunto que sobresalga y nos esforzamos al límite intentando demostrarlo
hasta caer en comportamientos nocivos que, en vez de integrar, alejan. Creo que
la envidia es uno de esos resultados nocivos que solo engendra dolor y tristeza
en quien la experimenta.
También se me ocurre, en oposición a lo anterior, que hay algo extraordinario
cuando acertamos en la sencillez del existir sin pretensiones, que no es lo
mismo que sin ilusiones. En ese ir siendo tal vez descubramos un yo excepcional
que, sin hacer mucho ruido, termina siendo trascendental para el engranaje de
esto que llamamos vida.

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