Celebrar sin temor[1]
Hay un dicho viejo y mal intencionado que, por fortuna, ya no circula
mucho entre nosotros. Para quienes lo escuchamos era una declaración terrible,
capaz de ensombrecer cualquier instante de felicidad que pudiera
experimentarse. Tal vez la idea era invitar a la mesura, sin embargo, en
algunos —como en mí— terminaba por acentuar esa nota pesimista que marcaba el
total y absoluto fracaso del disfrute:
“Ría ahora para que llore después”.
¿A quién se le ocurrió que esto era bueno para fortalecer el espíritu?,
¿qué ingrediente moral tenía semejante afirmación? Parece más bien la sentencia
de un envidioso, de un ser amargado dispuesto a negar en otros la felicidad que
no alcanza a tener en él.
Recordarle al otro que la vida está compuesta de episodios en los que se
puede experimentar la alegría tanto como la tristeza es en todo sentido absurdo,
porque ¿quién no lo sabe? La afirmación “esa” solo habla de alguien que quiere
apresar los momentos felices, dignos de ser celebrados; pero ante la
imposibilidad de hacerlo, solo se amarga y se prepara y prepara y prepara para
la oscuridad que presume en la tristeza.
Lo cierto es que la alegría y la tristeza son emociones que hay que aprender
a gestionar y no tienen por qué pelearse el puesto. Cada una tiene un lugar en
nuestra vida y no son más bellas o terroríficas, simplemente surgen, se crean,
están, pero también pueden coexistir, de hecho, coexisten. Hay algo bello e
inspirador en la felicidad como también lo hay en la tristeza, solo hay que permitirse
los momentos y no estar negándolos con afirmaciones tremendas como esa.
[1] A propósito del estrés sufrido
durante y después de la presentación de mi nueva novela en La fiesta del libro.
Ya no creo en esas afirmaciones, pero el inconsciente es una cosa miedosa;
bueno, eso es lo que dicen.

Entre luces y sombras y coexisten en casa uno.
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