¿También puedo no hacerlo?
Sí, no hacer algo es una opción.
Elegir es posible siempre y cuando tengamos a buen resguardo a esa pequeña voz dictadora que llevamos adentro.
Siempre estamos eligiendo, dirán, pero conozco un número importante de personas que han olvidado que pueden hacerlo, porque por un aprendizaje juicioso creen que no tienen opción[1]. Es decir, dan por hecho que es absolutamente imperioso hacer eso que “tienen” qué hacer por más transitorio e insubstancial que sea. Con insubstancial me refiero a que de ese hacer no depende nada, que si no lo hacen no pasa nada.
El ámbito de las consecuencias de ese no hacer solo está en la mente de quién, de alguna forma, a abandonado la oportunidad de revaluar esos mandatos que le esclavizan hasta de las más mínimas cosas:
Son los esforzados permanentes, todo es una obligación, todo es un sacrificio.
Es realmente desalentador tener apagado el interruptor de la elección, y desde esta obscuridad fabricarnos un mundo en el que encaramos lo que hacemos desde la obligación y el compromiso, y nos convertimos así en unos cansados, con goces a medias, viviendo en el estrecho margen que nos dan nuestras obligaciones inventadas.
Se me ocurre que podemos, si queremos, no abandonar el extraordinario mundo de las elecciones, que retarnos a decirnos a nosotros mismos “no”, y ver que ocurre, es el comienzo para retornar al asombro y a la libertad de ver las muchas opciones que tenemos y de explorarnos en ellas.
También se me ocurre que volver a elegir es el camino para regresar a la liviandad de sentirnos “simples” mortales y no máquinas programadas para dar las respuestas esperadas, que, ante la más mínima alteración del orden: un cambio de planes, un retraso, una incapacidad transitoria, cualquiera de esas tantas cosas que pasan, reaccionan con un corto circuito muy parecido al enojo, cuando no, a la ira, y la mayoría de las veces a la frustración.
Emperatriz
[1] Por algún tiempo me incluí en la lista.

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