Escándalo
Vamos detrás del ruido. A algunos los asombra y silencia, a otros los seduce hasta el punto de entrar en él para aportar una nota más.
Algunos ruidos están llenos de verdades que han sido calladas, otros de francas y abiertas mentiras que parecen ser verdad; es más, que se convierten en verdad de tanto repetirlas. En ambos casos siempre hay personas involucradas, todas ellas con sus historias de aciertos y de errores, y que son quienes encarnan el acto que ha dado origen al ruido.
Aquí hablo del ruido que permite escuchar y ver lo que está oculto por la “normalidad”, por ese “siempre ha sido así” que parece autorizarlo, y que solo al ponerlo en evidencia es posible comprender la dimensión de lo que se ha develado y saber qué hacer con eso, cómo ajustarlo, cómo transformarlo.
El escándalo, que aquí llamo ruido, no porque esté vacío de contenido sino porque es abarcante y se expande como el humo, si solo nos sorprende y entretiene agota su función rápidamente; pero si nos conduce a la conversación reflexiva inevitablemente operará la intervención necesaria.
Detrás del escándalo hay rostros que tienen que ser vistos, adoptar la forma para que lo podamos dimensionar en un primer momento, pero una verdadera discusión debe trascenderlos –que no es lo mismo que esconderlos–; porque de lo contrario nos quedamos en eventos puntuales cuando la situación que produjo el escándalo es más determinante[1].
Se me ocurre que hay un disfrute morboso ante los escándalos que ciega la verdadera función que deben cumplir. Una vez desvanecido el ruido y la novedad, comenzamos a olvidar el hecho que lo originó y es por eso que requerimos de otro y otro y otro escándalo para que, de tanto decirlo, al fin podamos comprender que algo está mal, que siempre ha estado mal y que es urgente un cambio.
[1] La historia ha demostrado que no porque desaparezca el perpetrador del “mal”, desaparece el “mal”. Nos quedamos leyendo biografías de quienes han realizado actos malos en contra de la humanidad sin escalar en la naturaleza del mal que encarnaron. Así, el mal adopta otras formas, o surge de la misma manera y en ocasiones más virulenta.

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