Con hambre, pero sin apetito[1]

Por estos días sirviendo el almuerzo para un grupo de invitados, una de ellas me advirtió que le sirviera poco. Le conté toda la oferta gastronómica que tenía, exagerando lo delicioso que estaba, sin conseguir que se animara seriamente. Dijo que estaba segura de que todo sabía muy bueno, agradecía mi esfuerzo; pero no quería. En ese momento ella se sentía mal conmigo, por no corresponder a mis atenciones, y después yo me sentí mal por ella, por mi insistencia. Aclaró que no se trataba de esa comida en particular, asegurando al final, como en una confesión forzosa, de la que tal vez se avergonzaba:

—Es que yo como por hambre, pero no por apetito.

Lo que pudo haber sido un evento alegre y cómodo para todos, terminó siendo desagradable para ella, así lo sentí. Debí haberle servido lo que dijo y no entrar en más detalles. Pero por historia familiar aprendí que ofrecer comida es un gesto de generosidad y de buena atención hacia los otros, y que no quieran comer debe ser motivo de sospecha en el sentido de cuánto correspondes a mi esfuerzo; es decir, a mi afecto. Pero, bueno, ese es otro tema para cuando se me ocurra hablar de taras y prejuicios raros.

Lo cierto es que, como de costumbre, no me quedé solo con la pena de haberla incomodado; me fui un poquito más allá y estuve observándola durante el resto de la tarde. Y pensé en lo difícil que resulta vivir así, respondiendo solo al hambre, desde la supervivencia; pero sin ganas, sin el deseo de hacerlo, sin disfrutar.

De ese evento solo me quedaron preguntas: ¿de dónde surge este desgano?, ¿por qué resistimos una vida que no gozamos ni en sus más sencillas expresiones?, ¿cuáles son nuestras expectativas para que la vida que somos esté colmada de apetito y no solo de hambre?

Se me ocurre que además de no forzar al otro con preguntas indiscretas —esto lo entiendo a ratos, luego se me olvida y caigo de nuevo—, sería bueno estar atentos a nuestros momentos de hambre sin apetito. Tal vez no se trate de atiborrarnos con todo lo que nos ofrecen, sino de degustar con sinceridad lo que nos llega, eso que nos rodea, que puede ser una comida con los amigos o incluso en solitario[2].



[1] En alguna parte leí que son diferentes: el hambre como comer lo que haya, sin fijarnos si es lo que preferimos. Yo lo asumo como comer sin ganas, entendiendo que es el apetito lo que induce al disfrute.

[2] Todo el tema es metafórico: es como vivir con hambre, pero sin apetito.


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