Es verdad, caemos una y otra vez en los mismos o diferentes errores; nos levantamos,
nos sacudimos, hacemos rituales de conversión y comenzamos de nuevo con la
esperanza —porque nunca alcanza a ser una certeza— de no volver a equivocarnos.
Pero en el fondo o en la superficie sabemos que en cualquier momento nos vamos
a tener que volver a enfrentar con nuestras propias recriminaciones, con esa
voz inquisidora y apasionada que se empecina en hacernos sentir menos que una
pulga, porque no fuimos capaces de sostener nuestro compromiso de ser rectos o
por lo menos fieles al propósito de ser mejores.
La escala de errores o equivocaciones o faltas… varía, así, lo que para
unos es insignificante, para otros resulta ser un duro peso que cargar por algún
tiempo hasta que nos decimos: Está bien, no pasa nada, aprende y no lo vuelvas
a hacer; y así el círculo comienza de nuevo.
Me parece paradójico que en medio de todo lo que vivimos y tenemos que
enfrentar nos sintamos tan mal ante las inevitables equivocaciones, que
permitamos que socaven tanto nuestro ánimo hasta el punto de identificarnos con
ellas, cuando tal vez solo respondieron a un mal estímulo o a una decisión que
tomamos calculando mal los resultados.
Se me ocurre que, como seres humanos, no somos un producto terminado, no tenemos
ninguna norma de calidad que nos certifique; siempre nos estamos haciendo,
siempre formándonos, y en ese hacernos y formarnos tenemos caídas y avances. Las
equivocaciones no cesarán, pero si las miramos, si las entendemos, podremos
superarlas sin el dolor que deja la recriminación. He escuchado por ahí que
identificarnos con nuestros errores tanto como con nuestros aciertos nos
debilita y nos hace manipulables, porque nos priva de la aventura de vivir, impidiéndonos
explorar, indagar sobre lo que somos y relacionarnos amablemente con eso que
nos gusta o no de nosotros.

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