Déjame confiar


Que ahora no se puede confiar en nadie, que tengamos mucho cuidado con lo que decimos o hacemos, que estemos vigilantes con las personas que nos relacionamos; mejor dicho, que nos guardemos en nuestros frágiles cascarones para no ser víctimas del engaño.


Y sí, es cierto que hay mucho de dañino en algunas personas y en ciertos entornos, pero usar la categoría “nadie” es algo muy, muy serio, porque en ella caben “todos”, incluyéndonos nosotros mismos. Aunque suene raro, en algunos momentos ni siquiera podemos confiar en nosotros, en nuestras reacciones, en nuestras decisiones; o puede ocurrir que nos convirtamos en personas poco confiables para los demás. 


Francamente esto parece un enredo de palabras, de ideas, pero si logramos desenredarlo vamos aclarando eso de saber estar con el otro, lo que requiere necesariamente que seamos mutuamente confiables, que es lo mismo que saber con todo el rigor de la palabra que no estoy conscientemente dispuesto a dañarlo, ni en riesgo de ser dañado desde una intención decidida por parte del otro.


Me resultan muy peligrosas esas afirmaciones que, sin pasar por el tamiz de la necesaria reflexión, se convierten en decretos universales que incorporamos inconscientemente[1], y de pronto nos vemos –si es que nos vemos– rastreando el mal en todas partes, como quien lleva un detector de metales, fingiendo relaciones auténticas, mientras lo que hacemos es esperar a que el otro muestre su verdadera cara porque sabemos –estoy siendo irónica– que tarde o temprano lo hará.


¡Qué cansancio!


Se me ocurre que es tan peligroso relacionarnos desde la ingenuidad que es un campo fértil para el daño, como desde la desconfianza que nos hace maliciosos y prevenidos. Ambas actitudes son extremas y, por salud mental y social, tal vez sea mejor encontrar un punto medio, porque es innegable que vivimos en una relación permanente con los otros, que puede ser naturalmente rica y estimulante. Quizá solo se trate de eliminar los decretos maliciosos y comenzar a ser más reflexivos.


Emperatriz



[1] Porque todo se vuelve inconsciente si no hay reflexión, análisis, y nuestros comportamientos comienzan ser dominados por el automatismo.

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