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Mostrando entradas de 2024
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  Sobre cierres y aperturas Abrimos la puerta y al cruzar se cierra tras nosotros. Abandonamos un espacio para ingresar en otro. Es un acto sencillo, ¿verdad? No parece, en la mayoría de los casos, que tuviera mucha relevancia, y no la tiene justo porque no nos damos cuenta, por ese tema de “hacerlo siempre de la misma manera”. El tema se ha vuelto un lugar común, que en literatura se define más o menos como repetir lo que todo el mundo dice, y en esto no hay ningún esfuerzo creativo, ejemplo: “si una puerta se cierra otras se abrirán”, un dicho de filosofía popular. El asunto es que por ser popular —común— nos quedamos con la idea y la ilusión —de que se abrirán— y pare de contar. Lo que tendría de profundo y trascendente se pierde porque no lo vemos, no nos ocupamos de verlo. Pero, bueno, el tema aquí es que quien entra en ese espacio no es el mismo que abandona el otro, el que dejó tras la puerta cerrada. Creemos que somos los mismos en todo momento, en todos los lugares y e...
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  El tiempo todo lo redime He escuchado que el tiempo lo cura todo, también lo he oído con redime. Curar y redimir son diferentes, aunque para el efecto creo que terminan siendo lo mismo o por lo menos se implican. Un acto de redención termina por sanar una herida, un dolor. No quiere decir que todas nuestras dolencias procedan de una falta de redención; lo que sí parece cierto es que la ausencia de redención puede producir un dolor crónico de tipo físico o emocional. Algo así como una herida que no se deja sanar [1] porque la hurgamos constantemente. No estoy segura de que todas las heridas puedan ser curadas con el tiempo, es más, estoy menos segura de que el tiempo por sí solo tenga esa capacidad. En muchos momentos nos vemos reviviendo en silencio o en voz alta viejas heridas que por el poder de la recordación las sentimos nuevas, con un dolor renovado; aquí el tiempo no tiene nada que ver. Pero ¿qué es lo que nos pasa?, ¿por qué hacemos eso?   Tal vez la pregunta que...
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  Qué tanto sabes de mí Cuando escucho la afirmación: ella o él es así, para referirse a una forma particular de ser o de proceder, comienzo a sentir un poco de irritación en la piel, que algo me estorba en el cuello, o que los zapatos me aprietan demasiado los pies. Me resulta muy incómodo y francamente chocante cuando alguien me describe. Hay quienes dirán que lo que me molesta es la verdad que el otro expone sobre mí y que no la reconozco porque la tengo muy cerca; es decir, porque soy yo, y que por esa misma razón necesito que el otro la ponga en mi cara. ¿Qué es eso? Históricamente parecemos autorizados a hablar del otro, creemos que entre más sepamos de él —aunque realmente sabemos muy poco— podemos aprehenderlo y ejercer cierto dominio, porque nos es transparente: Yo sé cómo es usted, a mí no me puede engañar . Pero lo cierto es que lo que sabemos de nosotros es tan vago, tan supeditado a nuestra historia, a nuestras reacciones, que no podríamos establecer claramente c...
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Vivimos sin certificado de calidad Es verdad, caemos una y otra vez en los mismos o diferentes errores; nos levantamos, nos sacudimos, hacemos rituales de conversión y comenzamos de nuevo con la esperanza —porque nunca alcanza a ser una certeza— de no volver a equivocarnos. Pero en el fondo o en la superficie sabemos que en cualquier momento nos vamos a tener que volver a enfrentar con nuestras propias recriminaciones, con esa voz inquisidora y apasionada que se empecina en hacernos sentir menos que una pulga, porque no fuimos capaces de sostener nuestro compromiso de ser rectos o por lo menos fieles al propósito de ser mejores. La escala de errores o equivocaciones o faltas… varía, así, lo que para unos es insignificante, para otros resulta ser un duro peso que cargar por algún tiempo hasta que nos decimos: Está bien, no pasa nada, aprende y no lo vuelvas a hacer; y así el círculo comienza de nuevo. Me parece paradójico que en medio de todo lo que vivimos y tenemos que enfrentar...
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Con hambre, pero sin apetito [1] Por estos días sirviendo el almuerzo para un grupo de invitados, una de ellas me advirtió que le sirviera poco. Le conté toda la oferta gastronómica que tenía, exagerando lo delicioso que estaba, sin conseguir que se animara seriamente. Dijo que estaba segura de que todo sabía muy bueno, agradecía mi esfuerzo; pero no quería. En ese momento ella se sentía mal conmigo, por no corresponder a mis atenciones, y después yo me sentí mal por ella, por mi insistencia. Aclaró que no se trataba de esa comida en particular, asegurando al final, como en una confesión forzosa, de la que tal vez se avergonzaba: —Es que yo como por hambre, pero no por apetito. Lo que pudo haber sido un evento alegre y cómodo para todos, terminó siendo desagradable para ella, así lo sentí. Debí haberle servido lo que dijo y no entrar en más detalles. Pero por historia familiar aprendí que ofrecer comida es un gesto de generosidad y de buena atención hacia los otros, y que no quie...
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¿Qué es lo que pasa cuando no se nos ocurre nada? Creo que a todos nos ocurre que en ocasiones por más cosas que nos pasen, no nos pasa nada [1] ; es decir, no hay impresión alguna en eso que nos ocurre. Y no es que los acontecimientos estén vacíos de emoción, es que nosotros carecemos de ella: y sin emoción no hay “toque”, esa es la dura verdad. Así, las cosas que nos pasan siguen de largo como en una suma de aconteceres, y el día se sucede y la noche llega y también se sucede en un letargo a veces más largo, más silencioso y oscuro de lo que quisiéramos. En ese estar sin estar también somos nosotros, aunque parecemos excluidos de la ecuación, o si estamos en ella completamos la operación, pero sin percatarnos de nuestra presencia. Podemos trabajar, por supuesto que trabajamos; podemos hablar, por supuesto que hablamos; incluso nos movemos, pero como poseídos por cierta inercia, sin sentir el peso de nuestro cuerpo en contacto con el suelo que pisamos. No se me ocurre un estado ...
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  Celebrar sin temor [1] Hay un dicho viejo y mal intencionado que, por fortuna, ya no circula mucho entre nosotros. Para quienes lo escuchamos era una declaración terrible, capaz de ensombrecer cualquier instante de felicidad que pudiera experimentarse. Tal vez la idea era invitar a la mesura, sin embargo, en algunos —como en mí— terminaba por acentuar esa nota pesimista que marcaba el total y absoluto fracaso del disfrute: “Ría ahora para que llore después”. ¿A quién se le ocurrió que esto era bueno para fortalecer el espíritu?, ¿qué ingrediente moral tenía semejante afirmación? Parece más bien la sentencia de un envidioso, de un ser amargado dispuesto a negar en otros la felicidad que no alcanza a tener en él. Recordarle al otro que la vida está compuesta de episodios en los que se puede experimentar la alegría tanto como la tristeza es en todo sentido absurdo, porque ¿quién no lo sabe? La afirmación “esa” solo habla de alguien que quiere apresar los momentos felices, di...
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  A ver si nos entendemos Somos cuerpos multicelulares. Las células se han especializado para que los órganos funcionen según ciertas características y respondan a ellas con sus particularidades. Cada una sabe lo que tiene que hacer, y en ese hacer se reconocen como únicas, aunque compartan ciertos rasgos con las demás. Así es este asunto, si nos imaginamos como células que conformamos un gran cuerpo, tan parecidos, con tantos rasgos comunes entre nosotros, pero a la vez tan diferentes. El tema es que las células, creo, tienen su propia programación y en su formación están listas para desarrollar y servir con las otras a la función del órgano que les corresponde; en cambio nosotros debemos hallar ese punto diferencial, que no es lo mismo que excepcional, que nos haga únicos. Se promulga con mucho ruido que somos seres ¡especiales!, ¡únicos!, ¡singulares!; y se nos invita hasta llegar al desespero a descubrirlo. Pero y qué pasa si no, qué pasa si en vez de eso terminamos por s...
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  Algunas veces uno se queda callado [1] , muy callado. No sé si les haya pasado que en ocasiones nos ataca el silencio, no sabemos qué decir, o no estamos seguros de si queremos decir algo. Es un silencio pesado, acompañado de una observación pobre de la vida y de uno en ella. Es como un estado de desconexión en el que “estamos” pero no nos sentimos en ese estar; no resonamos emocionalmente [2] con lo que nos ocurre. Las situaciones ocurren, pero nosotros estamos inmunes emocionalmente a dar cualquier respuesta. Son silencios transitorios, es cierto, pero alcanzamos a sentirnos extraños, molestos; no nos reconocemos y se nos vuelve imperioso hallarnos. ¿A dónde nos fuimos? Es justamente en esa búsqueda de lo normal en nosotros que comenzamos a batallar con el silencio que nos domina y envuelve. Y es ahí donde creo que comienzan a cruzarse los cables —entiéndase como el inicio de la confusión—, porque la anormalidad tuvo que haberla suscitado algún evento, y en vez de busc...
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  Algo muy parecido a lo que ocurre con ciertas relaciones. Elimine ese ruido, no se acostumbre a él. Si tiene que desmontar la máquina, hágalo. Sabe que ese ruido le está diciendo que algo no funciona bien en ella, no aplace la solución, no espere hasta que explote. Hay máquinas cuyo valor es invaluable para nosotros, y por más que haya otras no es la máquina que amamos; pero a veces sufren averías y entonces gritan, se mueven, se desacomodan [1] . Cuando una máquina comienza a hacer ruido lo mejor es enfrentarlo, oírlo, buscar de dónde viene, y si toca desarmarla, pues se desarma. Tal vez podamos volver a armarla, comprarle nuevos repuestos; ocurrirá también que no seamos capaces, que nadie sea capaz de volverla a armar y que no exista un repuesto que la deje funcionando. Pero tenemos que tomar una decisión, no podemos acostumbrarnos al ruido. Si no tiene arreglo habrá que decirle chao, y ahí sí abandonarla; pero si se puede arreglar hagámoslo, porque no todo es desechable, a...
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  —Y usted, ¿en qué cree? —¿Y es que tengo que creer en algo? Algo, palabra que usamos para definir lo que no podemos definir o para albergar lo que no nos atrevemos a decir. Y está bien, no hay problema, a veces las palabras se quedan cortas ante eventos que solo pueden ser experimentados, y no todas las experiencias son fáciles de convertir en ideas para traducir al lenguaje. Y es que en lo que corresponde a la dimensión espiritual ocurre que al traducirse en palabras parece que se diluyera, que perdiera ese valor de lo sagrado; porque solo ocurre en el “mí” con una fuerza única imposible de compartir, de transmitir. Y eso tan poco está mal. La dimensión espiritual, donde habita lo sagrado, no está al alcance de la globalización. Es posible que compartamos algunos caminos con otros para hacerla posible en nuestro interior, pero es justo en ese interior donde deja de ser de dominio público. Ahora bien, ¿tenemos que creer en algo? No. La verdad es que para sostener la vida ...
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  No, lo cierto es que no tenemos que saberlo todo ¿Para qué exponemos un conocimiento que no tenemos?, ¿para qué andamos hablando de lo que no sabemos con el consiguiente riesgo de vernos imprudentes por nuestras intervenciones irreflexivas? Bueno, la verdad es que cuando estamos convencidos de que “todo lo sabemos” y de que nuestro material está lo suficientemente dateado, no tendríamos por qué hacernos estas preguntas. Si no tenemos dudas de lo que estamos diciendo no nos sentimos en riesgo de parecer imprudentes. Y creo que esto es peor que hablar sobre lo que no sabemos o sobre lo que tenemos un mínimo conocimiento, y por esta misma circunstancia lo adornamos con ideas que lo completen, enrareciendo o dañando la información que realmente le corresponde. Y no es que importe demasiado “parecer”, igual hay mucha gente que sabe lo suficiente sobre varios temas, pero parece que supiera poco o nada porque no habla o tiene alguna dificultad para enlazar su discurso. El caso que m...
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  Bueno, me dedico a respirar nada más Y ¿qué es lo que pasa cuando entramos en modo quietud?, pero hablo de una verdadera quietud, de esas en las que no hay propósitos ni planes; algo como un existir que tan solo responde a lo que va sucediendo. Sí, muy parecido a un domingo en el que aplazamos las “tareas”, nos negamos a los compromisos, a recibir o hacer visitas. A esos días en los que nos despojamos si no voluntariamente, sí mecánicamente de todo cuanto podríamos hacer; en los que el cuerpo y la mente entran en un embotamiento —esa palabra es de mi madre— del que no ceden por más que intentemos inyectarles una motivación especial. No sé si he logrado describir ese estado, pero es algo que padezco algunos días y que además me lo permito. Cosa que es bastante extraña y mal vista cuando por costumbre debemos —o tenemos— que estar súper motivados y dispuestos para algo , imaginándonos o inventando qué podríamos hacer, a dónde podríamos ir, o qué deberíamos estar haciendo y en d...
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  Una costura aquí, un remiendo allá Algo así como estarnos rehaciendo, mejorando o arreglando esas pequeñas o grandes averías que sufrimos con el tiempo; pero no a causa del tiempo, sino por el uso y tal vez el abuso que hacemos de nuestro cuerpo, también por algunos antojitos que van apareciendo. Ahora más que nunca tenemos la oportunidad de suturar con bastante éxito cualquier herida que se presente en nuestro cuerpo; cada vez somos más resistentes y nos sobreponemos a alteraciones físicas que en otros momentos hubieran acabado con nuestra vida. También podemos transformar esas cosillas que no nos gustan: un gordito de más, unos labios delgados, unos músculos débiles, un juanete deformador y doloroso. Sí, ahora podemos suturar y remendar, transformar y ajustar nuestro cuerpo para llevarlo “mejor” durante “quizá” más tiempo.   Lo cierto es que tenemos más recursos para sentirnos y vernos bien, aunque ese “sentirnos” y “vernos” no siempre dependa del cuerpo. He conocido...
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  No es tan malo, pero pongámosle límites Hay quienes dicen que no es tan malo sentirse frágil o expresar fragilidad. Bueno, la palabra que realmente usan es “vulnerabilidad” que, a propósito, no creo que sea la adecuada para definir ese estado en el que nos sentimos débiles ante una situación. La vulnerabilidad es una condición en la que podemos ser heridos o recibir lesiones, mientras que la fragilidad es ese estado en el que nos sentimos escasos de fuerzas para enfrentarnos con la vida que somos y que manifestamos, con todo el entramado de situaciones que nos retan, que nos hacen grandes o nos empequeñecen. Es así como lo veo. Sentirnos frágiles es reconocer que no tenemos todas las respuestas, que todo lo tenemos que aprender y que hay situaciones que nos superan. A todos nos ocurre —a todos—, pero nos han tenido que dar permiso para expresarlo, porque cualquier muestra de debilidad es mal entendida y la mayoría de las veces motivo de reproches; como si estuviéramos oblig...
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  Lejos, más lejos, bien lejos La dimensión de lo que sentimos frente a iguales eventos tiene escalas diferentes en cada persona, como diferente es entonces la forma de abordar las dificultades y las dolencias físicas o emocionales que nos dejan. Saber por experiencia propia sobre eso que le está pasando al otro, no es suficiente para determinar el impacto que tiene en él; por lo tanto, calificar su capacidad o impericia en el manejo de la situación es un atrevimiento. Cuando nos vemos frente al otro lamentando una situación por la que ya pasamos y salimos airosos, sentimos la necesidad de compartir con él nuestra experiencia, los métodos que usamos para sobreponernos y los resultados que obtuvimos. La idea puede entenderse desde dos puntos: uno, que pretendemos ayudar, y el otro, que alardeamos con nuestra fortaleza y capacidad. Pero resulta —y esto es cierto para mí— que ponernos a nosotros por delante no le sirve realmente a quien está padeciendo la incertidumbre del mal momento...
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  No vienen acumulados Un día a la vez, una hora a la vez, un minuto a la vez, y si está muy difícil, un segundo a la vez… ¿Para qué cargarnos con la vida entera cuando solo va ocurriendo en un tiempo a la vez? Pensamos la vida, porque así se nos ha enseñado, en una acumulación de tiempo. Pero ¿es eso la vida, ¿una acumulación? Creo que es todo lo contrario: un sucederse por instantes, por momentos que se agotan y en ese agotarse dar espacio a más. Así, como diría mi madre: “la vida está hecha de momentos”, y esto lo decía para cuando todo iba bien; pero también para cuando todo iba mal. Un bien y un mal relativos: bien para cuando uno se siente cómodo, confiado, seguro, casi casi feliz, y mal para cuando las sensaciones son contrarias. Y es justo en esas sensaciones contrarias, que nos dan la idea de estar mal, cuando es interesante aplicar eso de un día a la vez, porque los momentos se alargan, se extienden, pero no en la realidad sino en el deseo de que pasen pronto, de que desa...