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  ¿Vergüenza? Me he encontrado con algunas confesiones que francamente me parecen innecesarias. Cuando apenas comienzo a conocer a alguien saca a relucir ciertos aspectos que ni siquiera me interesan, pero que al otro le parece urgente que los sepa. Datos de su historia que solo a él o a ella le pesan y que tal vez necesita estar confesando, y no precisamente para descargar el peso que lleva; porque si así fuera no lo diría tantas veces: para deshacernos de nuestros pesos solo se requiere —si es que en verdad sirve de algo— decirlo una sola vez. Estas repeticiones no son confesiones realmente, parecen más bien alarmas con las que nos dicen: ¡Ojo! que no soy tan digno como me ves. Apelan a nuestros prejuicios y esperan que con esa mancha oscura, que solo ellos ven y cargan, sean aceptados; porque les parece imposible que a alguien no le interese la historia que trae, sino lo que es hoy. No se ven sin historia, por lo tanto, son solo historia: un cúmulo de acontecimientos que l...
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  ¡Qué susto! Durante este fin de semana vi unos documentales sobre dos sectas muy actuales, cuyo fondo promovía un desarrollo y encuentro espiritual del más alto nivel. En ambas se les prometía a los seguidores una comunicación directa y especial con seres poderosos y extracorpóreos que no solo cuidaban de ellos, sino que, y en un momento de mayor trascendencia, podrían encarnarlos. Lo que me asustaba mientras lo veía no era la promesa, ni mucho menos el fundamento de sus creencias, ni siquiera la forma como operaban los líderes, sino la disposición de los seguidores de entregarles el poder de decidir lo que era bueno o no, y el vacío de criterio personal para evaluar la idoneidad de quienes tenían en sus manos el poder de dirigir sus vidas. Para los seguidores era clara, así lo vi, la necesidad de que alguien los guiara y sostuviera en sus búsquedas, que desde afuera les resolvieran lo que no estaban dispuestos o entrenados para resolver por sus propios medios. En un vacío ...
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  Resignación… Hay palabras que no me gustan, entre ellas “resignación”, así como hay algunos oficios que, aunque los tengo que hacer, tampoco me gustan y es ahí donde palabra y oficio se unen para hacerme miserable. Tengo la idea de que las generaciones nuevas no conocen esta palabra, se ha borrado de nuestro léxico habitual y tal vez lo hemos hecho decididamente; porque en función de ella históricamente las mujeres, en especial, sufrimos y aceptamos voluntariamente, con una enorme dosis de paciencia, cantidades inimaginables de abusos. Aceptar lo que tenemos qué hacer, en esas tareas que no nos gustan pero que nadie más las puede hacer —a no ser que paguemos por ellas— y de las que depende cierto confort y equilibrio en nuestra cotidianidad, exige otro nivel de atención que no tiene por qué ser resignación. La resignación me lleva a padecer y al final, como dije al principio, a volverme miserable: un ser aburrido, sin ánimo, algunas veces huraño, cuando no en permanente tri...
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  Un mandamiento: “No repetirás ciegamente, buscarás con afán en ti lo que salga de tu naturaleza, aquello con lo que te correspondes y que te hace sentir bien. Intentarás por todos los medios leer lo que es bueno para ti, explorarás tu gozo y te convertirás en motivo de gozo y encuentro para los demás.” Se dice que un mandamiento es una orden dada por alguien con autoridad para hacerlo, o según la Rae: precepto u orden de un superior a un inferior . En cualquiera de las dos queda claro que es dada por alguien con “autoridad”. Recibimos enormes cantidades de órdenes de las que ni siquiera identificamos el origen de la autoridad, y lo peor es que tampoco nos percatamos de que las estamos cumpliendo. No encuentro nada malo en seguir órdenes, porque ciertos órdenes nos ordenan de alguna forma el caos que somos o podemos llegar a ser, lo que me cuestiona es la autoridad. Hay quienes seguimos órdenes de fuentes que solo alcanzamos con la mirada, con la idea y no con la reflexión. ...
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  ¡Estas ganas de descansar! Poner en pausa el cuerpo y la mente ante las presiones cotidianas, ante la fatiga que implica la rutina o tener que cumplir un horario, ¿cómo se logra eso? Quedándonos quietos o cambiando de escenario. Pero ocurre que ni la quietud física ni el cambio de escenario son garantía cuando seguimos siendo nosotros, cuando ante la quietud física llevamos el acostumbrado parloteo mental, o ante un cambio de escenario seguimos pensando en el mismo lugar del que salimos por un tiempo. Para descansar de los escenarios y haceres acostumbrados se requiere deshacernos [1] de nosotros, porque es ahí donde radica el mayor cansancio. ¿Para qué ver una playa si no nos dejamos atrapar por ella?, ¿para qué simular un reposo físico si ni siquiera escuchamos nuestra respiración, desesperados por retornar al movimiento? Hay quienes dicen que la enfermedad es un reclamo del cuerpo para que sea atendido, tal vez es la forma más extrema de decirnos: ¡detente! Pero aún en la enf...
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  Pasión… Cuando nos domina la pasión, pero no como un sentimiento fuerte hacia otra persona sino hacia nosotros mismos, conservar el equilibrio es algo difícil. Apasionarnos con nosotros es interesante cuando de cuidarnos se trata, cuando de saber que tenemos un espacio personal con límites que nos protegen; también para establecer que este cuerpo que nos conforma es valioso y por eso debe ser arropado y consentido. Cuando la pasión nos lleva a asumir un compromiso con nosotros, poniendo todo el esfuerzo necesario para cultivarnos, resulta muy provechosa; sin embargo, se vuelve peligrosa cuando esa misma pasión nos aísla al pretender negar la existencia de los otros. Al otro se niega de muchas formas y tal vez la más conocida es atacar o ignorar sus ideas y puntos de vista, situación que por lo general creemos que afecta al silenciado, pero que en el fondo se convierte en una autoagresión con consecuencias importantes. El dominio de la pasión es la emoción y no la razón. U...
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  Desde hace algún tiempo vengo cuestionando todos los deberes que me he impuesto, porque eso de hacer lo que te dicen tiene una aplicación natural en cierta edad —obvio estás aprendiendo—, pero cuando ya tienes suficiente edad, entendida como acumulación de experiencia y conocimiento, si sigues haciéndolo es porque lo has asimilado incorporándolo a tu naturaleza. Tenemos una historia que nos pesa, plagada de deberes en los que se incluye el cómo debemos ser sin que se nos haya dicho qué es lo que somos . Se nos lanza a la vida para descubrirlo, pero ¿si lo hacemos? En algún momento la pregunta por lo que somos nos acosa, pero por lo general nos conduce por el camino de lo que hacemos, y pretendemos que con la suma de eso que hacemos obtengamos una idea completa de lo que somos; lo que termina por ser un gran error: está bien demostrado que los haceres cambian, que en cualquier momento somos despojados de los títulos que nos hemos empeñado en sostener. Así que algo que es mudab...